miércoles, 10 de octubre de 2012

SI VIS PACEM, PARA BELLUM








“Si vis pacem, para bellum”, decían en la antigua Roma, y la historia nos demuestra que generación tras generación hemos seguido este refrán sin excepción y, a pesar de haber vestido nuestros conflictos de otro ropaje,  continuamos buscando la paz, haciendo siempre la guerra.

Mirando con objetividad la sociedad medieval y sus carencias y comparándola con la actual ¿cuánto hemos avanzado? ¿Cuánto hemos crecido verdaderamente? Y si es posible aplicar en la sociedad actual el mismo “modus operandi” que hace siglos y además obtener resultados iguales o parecidos ¿será tal vez porque en esencia, lo que conocemos como sociedad y su núcleo, el individuo, no ha cambiado verdaderamente?

Veamos: seguimos teniendo hambre, pobreza y guerras en nombre de ideales similares como Justicia, Libertad o en nombre de la religión; Felipe IV de Francia existe aún, aunque de otro cuerpo, cara y nombre, igual sigue viva la esencia de Papa Clemente V y Jaques de Molay somos muchos. Como modelos, ideales y símbolos, estas tres figuras siguen presentes y es por eso que, queramos o no, seguimos divididos en fuertes y débiles y estamos en guerra.

Diríase que, a lo largo de los siglos hemos conseguido la paz en varias ocasiones, pero preguntémonos ¿por qué cuesta menos empezar la guerra, que mantener la paz? ¿Por qué es tan complejo salvar una vida y tan fácil aplastarla? ¿Por qué al individuo le resulta tan fácil destruir su entorno, mientras que para llegar a  ser constructor, le cuesta años de aprendizaje?

Pienso que la paz que se consigue como resultado de la violencia, de las agresiones de cualquier tipo, y de la matanza en nombre de cualquier ideal por más alto y embellecedor que sea, jamás será una paz verdadera y por ende duradera, puesto que lo que es victoria y paz de una parte, será pérdida y guerra para la otra. Y esto nos lo demuestra tan a menudo la historia, ya que no ha habido ni habrá vencido que algún día no se vuelva vencedor, ni oprimido que no se rebele, convirtiéndose en opresor.

En otras palabras, la manera en la que conseguimos la paz es igual a la manera en la que provocamos la guerra, y mientras no tomemos plena conciencia de esta manera de actuar, mientras sigamos comparándonos los unos con los otros, igual los países y las religiones entre ellas, mientras dividiremos el mundo en buenos y malos, siempre que en algún sitio se conseguirá la paz, en otro se entrará en guerra. Es este, a mí entender, el mundo de las ilusiones y el camino que siguen los ciegos.

Pensemos en que, de una manera simplificada, la finalidad que persigue toda religión, en su origen, es hacer el Bien, y es eso a lo que uno tiene que ceñirse, pero tal vez lo que debe evolucionar en el ser humano es su entendimiento del Bien y las herramientas que conoce y aplica para conseguirlo. Por ejemplo, un “modus operandi” sobre el que debemos reflexionar y que deberíamos intentar desaprender es el de la división: la comparación,  la creación humana, artificial de los contrarios,  puesto que todo esto representa la autentica semilla del conflicto.

El Templario actual no debe olvidar que su objetivo como tal es proteger a los débiles y hacer el Bien, pero no por ello tiene que verse necesariamente obligado a hacer la guerra. Es cierto que nuestro escudo dividido en blanco y negro es, entre otras, no solamente una invitación a preparar la guerra, sino una declaración de la misma, pero llevamos siglos actuando de esta manera, y los tiempos en que vivimos actualmente son prueba del fracaso de haber seguido una y otra vez el mismo refrán: “Si vis pacem, para bellum”.

Tal vez sea el momento que el Templario actual reflexione sobre un significado más profundo de nuestro escudo, y considere que la verdadera guerra que vale la pena llevar es aquella consigo mismo, para entender la semilla del conflicto que existe en nosotros desde hace tantas generaciones, tal como existe en cualquier individuo, de cambiar el modus operandi arcaico que nos ha sido trasmitido a lo largo de los siglos, puesto que nos lleva siempre al mismo punto y nos tiene atrapados en el circulo vicioso de los contrarios.

Guerra y Paz es la realidad en la que vivimos y la que hemos creado, indudablemente. Pero entendiendo en su totalidad el mecanismo de los dos, que de hecho son uno, o sea, conflicto; entendiendo que los opuestos en realidad no existen, mas bien nos han sido enseñados y trasmitidos de generación en generación sin que nosotros los hayamos cuestionado, podremos sacarnos del sin fin de la guerra, producir el cambio de conciencia que cumplirá con la visión de tantas filosofías, creencias y religiones, incluido el Cristianismo: la Armonía, lo único que abre las puertas al verdadero Amor y lo hace posible.(Iris, "Mobilis in mobile")

 

 


miércoles, 3 de octubre de 2012

EL CODIGO TEMPLARIO

Representación de Hugo de Payns recibiendo de manos de Bernardo de Claraval la Regla aprobada para la Orden de los Pobres Soldados de Jesucristo.  
 





·       Luchar contra el materialismo, la impiedad y la tiranía en el mundo.
·       Defender la santidad del individuo.
·       Afirmar la base espiritual de la existencia humana.
·       Conducirse con humildad y ser el más honorable, el más noble, el más cortes, el más honesto y el más caballeroso.
·       El templario debe servir a la Orden y no esperar ser servido por ella. Que lo que colabore lo haga en servicio de la cruz y no debe esperar recompensa salvo el saber que con ello honra a la Orden por su devoción.
·       El templario no debe causar a ninguna criatura herida o daño, sea esta una criatura humana u otra, sea por ganancia, placer o vanidad. Al contrario, el templario debe intentar llevar la justicia a todos aquellos que no la reciben porque todos son hijos del creador y a todos a concedido el creador el don de la vida.
·       Ante todos los seres el templario debe demostrar caballerosidad, cortesía y honestidad.
·       Un templario debe vivir cada día como un crítico del día anterior, de esta manera cada nuevo amanecer será un paso hacia una mayor nobleza.
·       Ningún templario deberá ofender de forma alguna a una persona u otro ser. Para todos, el templario debe ser un ejemplo de caballerosidad.
·       Ningún deberá temer nada de un templario, ni de sus palabras ni de sus acciones.
·       Donde hay debilidad allí el templario debe llevar su fuerza. Donde no hay voz allí el templario debe llevar la suya. Donde están los más pobres allí el templario debe distribuir su generosidad.
·       Un soldado del temple no puede estar esclavizado por creencias sectarias u opiniones estrechas. El templario debe siempre buscar la verdad.
·       Jamás un templario debe deshonrar a otro, porque dicha conducta le deshonrará a él y llevará descrédito a la Orden.
·       No debe ser brutal.
·       No debe emborracharse en forma ofensiva.
·       No debe ser ni inmoral ni amoral.
·       No debe ser cobarde ni bestial.
·       No debe mentir ni tener intenciones maliciosas.
·       No debe buscar posiciones de engrandecimiento dentro de la Orden. Se contentará con aquellos puestos que le sean encomendados para mejor servirla.
·       No debe juzgar a nadie dentro o fuera de la Orden por sus posesiones o su posición social. Antes al contrario debe juzgar por el carácter y la bondad o falta de ellos.
·       Debe expresar verdadero sometimiento a los principios del Temple y obediencia a sus oficiales en todas las cosas de la Orden, en tanto entienda que sean verdaderos templarios y merezcan dicha obediencia.
·       Debe ser un verdadero patriota hacia la tierra que el señor le ha dado.
·       No debe cazar a ninguna criatura ni por vanidad ni por deporte.
·       No debe matar a ninguna criatura salvo para alimentarse o en defensa propia.
·       Debe mantenerse firme y veraz en las justas causas del señor.
·       No tomará actitud ofensiva contra ningún hombre por la forma en que se dirige a Dios, aunque esta sea diferente o extraña. Antes al contrario el templario deberá intentar entender como otros se acercan a Dios.
·       Debe siempre ser consciente de que es un soldado del Temple y tratar siempre que sus obras sean un ejemplo para los demás.